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jueves, 10 de febrero de 2011

Sufrimiento




"No se sale del abismo, se aprende su lenguaje".

Vasco Gato.



Brooke Shaden

DUKE OF ANXIETY. Scout Niblett


[...]
Lo mejor que yo poseo en mí, y también lo que he perdido, se lo debo al sufrimiento. De ahí que no se le pueda amar ni condenar. Yo experimento ante él un sentimiento particular, difícil de definir, pero que posee el encanto y el atractivo de una luz crepuscular.
[...]
Todo dolor que se extingue provoca un sentimiento de turbación, como si el regreso al equilibrio prohibiera para siempre el acceso a regiones torturadoras y fascinantes a la vez que no se pueden abandonar sin cierta añoranza. 
Puesto que el sufrimiento  nos ha revelado la belleza, ninguna otra luz puede ya seducirnos. 


¿Nos atraen aún las tinieblas del sufrimiento?




La ambigüedad del sufrimiento . Cioran





Escribí este libro en 1933, a los veintidós años, en una ciudad que amaba, Sibiú, en Transilvania. Había acabado mis estudios de filosofía y, para engañar a mis padres y engañarme también a mí mismo, fingí trabajar en una tesis sobre Bergson. Debo confesar que en aquella época la jerga filosófica halagaba mi vanidad y me hacía despreciar a toda persona que utilizara el lenguaje normal. Pero una conmoción interior acabó con ello echando por tierra mis proyectos.


El fenómeno capital, el desastre por excelencia es la vigilia ininterrumpida, esa nada sin tregua. Durante horas y horas, en aquella época, me paseaba de noche por las calles desiertas o, a veces, por las que frecuentaban las solitarias profesionales, compañeras ideales en los instantes de supremo desánimo. El insomnio es una lucidez vertiginosa que convertiría el paraíso en un lugar de tortura. Todo es preferible a ese despertar permanente, a esa ausencia criminal del olvido. Fue durante esas noches infernales cuando comprendí la inanidad de la filosofía. Las horas de vigilia son, en el fondo, un interminable rechazo del pensamiento por el pensamiento, son la conciencia exasperada por ella misma, una declaración de guerra, un ultimátum que se da el espíritu a sí mismo. Caminar impide rumiar interrogaciones sin respuesta, mientras que en la cama se cavila sobre lo insoluble hasta el vértigo.
En semejante estado de espíritu concebí este libro, el cual fue para mí una especie de liberación, de explosión saludable. De no haberlo escrito, hubiera, sin duda, puesto un término a mis noches.